Arroyo Manzores: Una postal de pobreza y mugre

No resulta fácil descubrirlo, en medio de la basura esparcida en su lecho, el turbio fluido amarillento que huele a ácido cítrico, los efluentes cloacales y las inhumanas casillas instaladas en sus márgenes.

O, en rigor de verdad, había simplemente un arroyo; un cristalino curso de agua aún sin bautizar, que viboreaba hasta encontrarse con el Río Uruguay, apenas unos cientos de metros al sur del salto chico.

Después, mucho después, apareció un hombre, un tal Manzores. Y los destinos de ambos, del arroyo y del humano, se entrecruzaron y hasta se fusionaron.

Pero admitamos que corrió muchísima agua debajo de ningún puente durante miles de años hasta que un buen día, allá por el año 1835, el portugués Domingo Manzores irrumpió misteriosamente en las tierras vírgenes de la naciente San Antonio de Padua de la Concordia y puso en marcha el primer saladero de la región.

Manzores ni siquiera habrá alcanzado a intuir que su apellido no perduraría por aquel emprendimiento industrial sino por el curso de agua en cuya desembocadura se instaló, con puerto incluido.

Cuenta la historia que el portugués era solterón y que tuvo una activa participación en la vida de la incipiente Concordia. Su apellido figura, por ejemplo, en la lista de la comisión pro templo, encargada de sentar los cimientos de la Iglesia de San Antonio de Padua.

Aunque no hay datos que lo confirmen, los historiadores suponen que al saladero lo puso en marcha en sociedad con Justo José de Urquiza, por entonces dueño de media provincia y caudillo indiscutido.

Los saladeros producían carne salada y seca conocida como tasajo o charqui, tanto para el mercado interno como también para exportar a Cuba y a Brasil, donde -se decía- servía para alimentar a los trabajadores esclavos traídos de África.

Crónicas de época cuentan que en esos establecimientos fabriles la suciedad era tremenda, los desechos de los animales faenados esparcidos en cualquier lado, el olor en el ambiente era insoportable, nauseabundo. Las moscas, ratas y animales carnívoros llegaban desde todos lados para participar en ese festín.

El saladero de Manzores habrá terminado como terminaron todos, víctimas de la revolución del frío, del congelado, que dio paso a los frigoríficos. Y aquella podredumbre desapareció, tal vez sin dejar rastros. El arroyo habrá suspirado aliviado, sin saber que el futuro le depararía nuevos contaminantes, sin dudas, mucho más potentes.
El turbio presente del Manzores
Por estos días del invierno de 2016, el Arroyo Manzores es, a primera vista, un basurero. O, tal vez, una cloaca. O el desagote de una industria. O todo eso a la vez.

El olor feo de aquel saladero del siglo XIX ha dado paso a otro, tan o más desagradable, a ácido cítrico, penetrante, molesto, que provoca un cosquilleo extraño en las fosas nasales.

En especial, desde la Avenida Salto Uruguayo hacia su desembocadura, el escaso líquido que corre por el Manzores parece cualquier cosa menos agua. Un amarillo turbio predomina, en especial cuando el solo lo ilumina a pleno.

“Algo raro debe haber pasado. Hace años que el arroyo no se ponía así en este tramo. El ácido carcome hasta el cemento de las paredes de las casas”, me dijo un vecino de Salto Uruguayo y Rivadavia, que se acercó a mí espontáneamente cuando me vio fotografiando el arroyo.

El hombre hizo memoria: “Antes era siempre así. Después algo reformaron en las tuberías de Baggio y sus efluentes dejaron de aparecer en esta zona para desembocar más adelante. Pero algo pasó, tal vez algo se les rompió, o están produciendo más y rebasó el caño, porque ahora volvió el ácido a nuestro barrio y es insoportable”.

Baggio es la ex Pindopoy, una fábrica de jugos que supo enorgullecer a Concordia, pero cuyas instalaciones quedaron atrapadas en medio de la ciudad, muy lejos del Parque Industrial. Un caño invisible la une al arroyo, del que se sirve para sacarse de encima sus efluentes industriales ácidos, turbios, amarillentos.

Pero no sólo Baggio se aprovecha del manso Manzores.

En su curso superior, predomina un gris oscuro, casi negro, propio de los vertidos cloacales, que también huelen pésimo, en especial cuando el caudal es escaso.

La paleta de colores se completa con la basura esparcida en todo su recorrido.

Botellas, cajas de jugo o de leche o de vino, una mochila rota, pañales, más botellas, piezas de vehículos, envases plásticos de shampoo, bolsas de nylon, más botellas, garrafas, ropa vieja, bolsas de residuos repletas, mandarinas podridas, un cochecito de bebé.

En fin, todo lo que debería ir a parar a un basural está en el Arroyo Manzores. Es más, el arroyo, así como está, es hoy un basural, para muchos imperceptible, aunque no para quienes les ha tocado en suerte vivir en sus orillas.

“Cuando llueve mucho, el arroyo crece y entra con toda su podredumbre en nuestras casas”, se apura a contarme una señora de calle Colón, entre

El curso del Manzores es un testigo privilegiado de la deuda social de Concordia. Casi un observatorio de esa pobreza estructural que ni siquiera desapareció en los años de mayor bonanza y pregonada inclusión.

Caminar por su orillas, dejarse guiar por su lecho serpenteante, permite hallar, en distancias muy cortas, una bellísima avenida como la Gerardo Yoya, por ejemplo, y apenas 100 metros más allá, una hilera de casillas indignas, de cachetes de madera, nylon y chapas de cartón, rodeadas de basura colgando artísticamente de las enramadas de los árboles.

La pobreza en sus márgenes
Pero también el arroyo sabe de esa otra miseria, la de esos que arrojan los desperdicios desde sus autos nuevos, sin que parezca importarles ni la ciudad, ni el barrio, ni los vecinos, ni el bien común.

El mensaje del arroyo
Como la naturaleza toda, un arroyo es un signo. Dice de sí mismo y dice también de nosotros, los que habitamos sus costas. Dice del pasado, del presente y hasta nos previene respecto del futuro.

El Manzores bien puede ser interpretado cual si fuera un mensaje.
En ese caso, ¿cuál sería su contenido?, ¿una denuncia?, ¿un desesperado pedido de auxilio?, ¿un reto?
De tanto observarlo, a mí me pareció escuchar que, desde su lecho de enfermo, el arroyo me decía:

“Te agradezco que te preocupes por mí. Pero, levanta la vista, mira hacia mis orillas, presta atención a esas casitas precarias. Ocúpate de ellos y de los miles y miles que viven en las mismas condiciones en las periferias de Concordia y entonces yo recuperaré mis aguas cristalinas.

Los destinos de ellos, los más pobres; los destinos de todos los demás habitantes de la ciudad y mi propio destino están indisolublemente entrelazados. Pueden hacer mil obras de sistematización para intentar purificarme, pero si ustedes no se purifican del egoísmo y se ocupan de verdad de los más postergados, si no llegan a ellos con educación de calidad y oportunidades de trabajo, si no se comprometen con el bien común y la equidad, yo seguiré turbio, como turbio está el corazón de ustedes, demasiado acostumbrado a tanta indignidad”.
El Entre Ríos

Paula Ravier

Dejá tu opinión o comentario