“Darse cuenta” Por Amalia Ayala

La violencia de género es un tipo de violencia física o psicológica ejercida contra cualquier persona sobre la base de su sexo o género que impacta de manera negativa su identidad y bienestar social, físico o psicológico. De acuerdo a Naciones Unidas, el término es utilizado «para distinguir la violencia común de aquella que se dirige a individuos o grupos sobre la base de su género», enfoque compartido por Human Rights Watch en diversos estudios realizados durante los últimos años.

¿Me querés? Preguntó Luciana a su novio Gabriel, con inocencia y ansiedad. No era la primera ni sería la última vez que haría la pregunta.
Obvio, le contestó él. Y le acarició el pelo y con cariño, le pegó un tirón de él, como hacen los niños.
Luciana siempre fue bastante insegura y cuando Gabriel quiso ser su novio, pensó que tocaba el cielo con las manos, la quería, la cuidaba, la celaba!!!!!!!!!!!! (¿Qué señal más clara de que realmente la quería, si hasta sentía celos de sus amigos y amigas?)

Unos años después, ya casados.
Luciana sigue trabajando –siempre trabajó- pero dejó de ver a sus amigos, no va más a sus reuniones de lectura y sólo sale o comparte salidas con parejas amigas de su esposo. A su esposo no le gustaban sus actividades y poco a poco y con la inconsciente complicidad de ella misma, la fue alejando de todo su grupo. Al principio a ella le pareció raro, pero luego pensó que con el tiempo se le pasaría ese recelo a Gabriel y quizás, si tenía tiempo –todo el trajín de la casa le absorbía la mayor parte del tiempo en que no estaba trabajando- podía volver a retomar sus actividades. Obviamente, no pudo, pero ella pensaba, sentía, que estaba bien dedicarse a la casa y tratar de ser lo más parecido a un ama de casa normal. El trabajo de Gabriel lo llevaba a viajar durante casi toda la semana y se veían los fines de semana, cuando él volvía de recorrer la ruta –Gabriel era viajante de artículos variados-. Gabriel llegaba, le daba un beso a Luciana, le daba su maleta con la ropa para lavar, hablaba unas palabras con ella y luego se metía de lleno a organizar el partido de fútbol 5 semanal que jugaba con sus amigos cuando él volvía a su casa. Volvía tarde, muy tarde, pero cansado y alegre porque se había divertido y desenchufado de una semana de arduo laburo. Luciana se quedaba en casa.

Un día le tocó hacer unos trámites con un compañero de trabajo fuera de horario. Una zoncera, comprar una serie de elementos que cada tanto había que comprar para una de las oficinas y cuya gestión se rotaba para no ser siempre los mismos los que la llevaban a cabo. Luciana lo pudo hacer una sola vez, a la segunda Gabriel le dijo que estaba mal que ella hiciera eso. Ella vio lo injusto de la situación pero no quiso decir nada para no provocar discusiones.

Otro día, le tocó participar en una de esas demostraciones de productos que se hacen y ella, para estar linda y dejar bien parado al patrocinante, fue a la peluquería. Cometió el error de solo avisarle a su compañero que la iba a buscar, pasó lo que siempre pasa en una peluquería, se demoró en los horarios y llegó tarde. Pero llegó y el ensayo salió 10 puntos. La sorpresa la esperaba en casa: Gabriel rabioso, casi echando espuma, no bien terminó de entrar a su casa, le gritó “¿Dónde te metiste, que todo el mundo te andaba buscando y no te encontraban, con quien estabas?” Claro, en el ínterin que ella se demoró llamó a su casa su jefe, lo atendió Gabriel y no supo qué decirle. Ella cuando ve la furia de su esposo lo llama a su jefe, que le contesta ambigüedades y no la defiende. En esa época había pocos celulares, una de sus compañeras, que estaba con ella en el ensayo, tenía, Luciana la llama para que le explique a su esposo que ella estuvo allí, que solo llegó un poco tarde porque se demoró en la peluquería y no se dio cuenta de avisar a nadie salvo al compañero que la iba a buscar, pero su compañera tenía el celular apagado. O sea que solo había que confiar en su palabra, la de Luciana. Gabriel, presa de los celos y la rabia, literalmente la agarró del cabello y la arrastró fuera de su casa, y atrás de ella tiró su cartera. De alguna manera Luciana logró hacer entrar en razones a Gabriel y por esa noche, hubo paz.

Mientras Luciana va hilando sus recuerdos mezclados en el tiempo, lo hace como con sorpresa y con los ojos grandes, como dándose cuenta de algo que ella nunca sospechó.
Cuando estaban construyendo su casa, recuerda, que en gran parte Gabriel construyó con sus manos, él siempre estaba atento al detalle de que cuanto gasto se hiciera –materiales, muebles, lo que fuera- figurara a su nombre en la factura de compra. Mucho tiempo después, cuando todo estaba a punto de romperse definitivamente, en cada discusión Gabriel le echaba en cara a Luciana que cuando él se iba a trabajar en su casa, ella se quedaba en casa de su mamá y no lo acompañaba aunque sea a cebarle mate. Luciana simplemente pensaba que como ella no sabía nada de construcción y que como “las mujeres siempre molestan”, era más prudente quedarse ella con su mamá y no molestarlo a Gabriel mientras trabajaba. Nunca él habló con ella y le explicó cómo era la cosa. Todo quedó en un silencio molesto. Pero ella no lo hacía de vaga y poco compañera de su esposo, simplemente no sabía y si Gabriel se lo hubiera explicado, ella hubiera actuado de otra manera.

Gabriel tenía la mala costumbre de revisar todas sus cosas, leer sus mails, revisar sus cajones, mirar dentro de su cartera. Luciana se enteró mucho tiempo después, ella es de esas personas que confían a ciegas, es un ser humano con sus virtudes y falencias como todos, pero nunca fue de desconfiar de su esposo y mucho menos revisar sus cosas.

De esos años Luciana aún siente en la piel el aguijón de las culpas. Aún se siente culpable de contar su historia, aún siente vergüenza de que alguien la señale con un dedo, porque Gabriel logró desvalorizarla hasta ese punto: ella no sabía manejarse con la gente, ella era o muy dura o muy blanda, ella no era buena. Y como había tenido más de una relación antes de casarse con él, cuando él se enojaba le decía “puta”.

Un día Luciana llega a su casa y ve un auto de distinto color al que tenían, pero no le presta demasiada atención, siempre fue muy despistada con los autos. Más tarde, Gabriel le dice que había cambiado el auto que había comprado no mucho tiempo atrás. Se sintió un poco molesta, porque suponía que en un matrimonio las cosas se decidían de a dos y a ella ni siquiera se lo había mencionado. Pero como siempre, se tragó las palabras y la frustración y no dijo nada. Mientras tanto, el cúmulo de silencios y frustraciones iba aumentando más y más y despertaban en ella, de forma no consciente, una reacción incapaz de controlar: gastaba más de lo que ganaba y se iba llenando de cuentas que no podía pagar. Y por supuesto, no decía nada y vivía con una terrible vergüenza por lo que hacía. Y soportaba en silencio los reproches de Gabriel cuando alguien llamaba a su casa reclamando un pago atrasado de ella. Solo eso, reproches, nunca se ofreció a ayudarla.

Sus padres asistían atónitos al impensado espectáculo de una Luciana sumisa y cuasi encerrada en su casa, siempre nerviosa, siempre a punto de saltar, siempre temerosa y siempre ocupada, nunca tranquila.

Luciana era (es) una chica culta, inteligente, le gusta mucho el cine y leer. A veces se sentaba a la noche a mirar una película por televisión, pero Gabriel llegaba y le cambiaba el canal que estaba mirando por otro donde daban un partido de fútbol, box, una carrera de autos. Y los domingos no le importaba que ella estuviera durmiendo –tenían el televisor en el dormitorio-, se despertaba temprano y prendía el televisor para ver la carrera de autos de turno.

Con el tiempo y las discusiones y los desencuentros de toda clase y color, un día Luciana decide divorciarse, la muy tonta no quería irse de su casa si no estaba divorciada. Le costó horrores animarse a buscar un abogado y finalmente tramitarlo. No hubo división de bienes, todo fue muy simple: ella se quería ir y él no quería darle nada de lo que le correspondía por ley y así fue (Luciana, un día, de tanto estar sola y sentirse abandonada se enamoró de otro hombre y se fue un tiempo de su casa. Según Gabriel, por infiel no le correspondía nada de los bienes gananciales. Ella solo quería irse, no le importaba nada de las cuestiones materiales. Y obviamente, se sentía culpable por haber sido infiel a su marido).

Pero el mayor daño ya estaba hecho, de alguna manera Luciana se sentía como atrapada y a pesar de haberse firmado el divorcio y haber consentido Gabriel en que se llevara las cosas más ridículas y menos valiosas de la casa, ella tenía miedo de irse. Solo se había animado a alquilar ella solita con ayuda de una amiga que le salió de garantía un departamentito chiquito para irse, todo en secreto. Pasaron meses antes de que Luciana ocupara el departamento. Todos los meses pagaba puntualmente el alquiler y todos los meses la dueña del mismo le preguntaba ¿cuándo te vas a mudar? Y ella siempre contestaba “el mes que viene”. Y un día se mudó. Y su vida cambió mucho, empezó a dormir bien, a estar tranquila, a aprender a administrarse (no demasiado bien, ya se había abierto la puerta del infierno del descontrol de gastos como reacción a cualquier cosa negativa que le pasara, pero al menos no había quien la retara o la celara o le prohibiera hacer lo que ella quería hacer).

Pasaron muchos años hasta que Luciana se dio cuenta de lo que había vivido y le encontró el nombre: violencia de género. Y no supo hasta ese día en que le puso el nombre, que aún estaba presa de esa especie de trampa en la que ella se había metido al casarse con Gabriel (las señales siempre estuvieron allí, solo que a veces nos pasa que nos negamos a verlas o no sabemos dimensionarlas), quedó marcada y durante mucho tiempo se negó a cualquier tipo de relación.

Hoy Luciana es una mujer casi normal, libre y casi feliz. Los casi provienen de todas esos gestos, esas actitudes, ese continuo martillar que la marcaron a fuego. Pero es otra persona, que con mucho cuidado y pasión, se va reconstruyendo a sí misma. “Son más de 20 años”, me dice, “20 años de casada y unos 5 de vivir sola sin siquiera sospechar que aún estaba atrapada por las secuelas de lo que viví”. Hubo poca violencia física, pero de la otra, de la que no se ve porque no deja marcas visibles, de esa, tuvo mucho. Y esa clase de marcas es algo difícil de reconocer y aún más difícil, curar. Pero ella lo está intentando y de a poco va saliendo. Ella sabe que el amor no es malo, solo me dice con un poco de rabia “perdí los mejores años de mi vida” y luego de pensarlo un ratito me dice –porque después de mucho tiempo estando sola finalmente decidió volver a creer y confiar en el amor de alguien- “pero tal vez no sea tan así, es mejor verlo desde otro punto de vista, quizás: los mejores años son los que están por venir y el futuro es la misma paleta infinita de posibilidades que hace más de 20 años atrás”.

Quizás la respuesta está en perdonar lo malo, pero no olvidarlo para no permitir que se repita y tomar cada oportunidad que la vida nos brinda y asirla fuertemente y vivirla y disfrutarla.
Y me pregunto a mí misma ¿cuántas Lucianas más hay que no pueden salir como ella y vivir, solamente eso, vivir? ¿Por qué las mujeres somos tan frágiles y nos encontramos tan desprotegidas ante el mal amor?
Porque Luciana hizo denuncias, un día fue a un juzgado donde una mujer como ella labró un acta con todo lo que ella le contaba y eso fue todo. “Está bien, -dijo Luciana-, yo entiendo que no era la única, que seguramente había casos peores que el mío, pero ¿Por qué una mujer atiende así a otra, con indiferencia, como un trámite más?”
También un fin de semana en que su grupo de amigos la llevó de viaje a ver a otra amiga –sabían de su situación y querían apartarla por unos días, darle un respiro- Luciana pasó por la dependencia policial que le correspondía a su domicilio y dejó constancia que lo suyo no era abandono de hogar, sino un simple viaje con amigos… Y tuvo que soportar la mirada socarrona del policía que le tomó declaración y labró el acta.

Cuánto falta hacer, me digo a mí misma mientras la escucho. Y sin querer, enseguida viene la respuesta: ¿y si primero nos humanizamos un poco y empezamos a ver al otro no como un trámite más, sino como lo que es, un ser humano que está sufriendo y que no sabe o no puede o no se anima a pedir ayuda y la necesita desesperadamente?
No cuesta mucho, ¿no? Claro, la empatía es algo difícil de encontrar, por desgracia nos damos cuenta de ciertas cosas cuando nos pasan a nosotros mismos, no antes. Pero por suerte y como contrapartida, siempre hay al menos una persona, un amigo, un familiar, un vecino, un desconocido, alguien, que sabe entender lo que le pasa al otro y de alguna manera, con el gesto más ínfimo, le tiende una mano. Y así se va formando el puente. Y así se sale. Y así se vive como siempre se debió vivir.

Amalia Ayala

Redacción Concordia Directo

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