Darwin tenia razon y finalmente los mamíferos que lo sorprendieron encuentran un hogar

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Los fósiles de “Macrauchenia patachonica”, como se ilustran en la reconstrucción de este artista, desconcertaron a Darwin.

Estos extraños mamíferos desaparecieron hace casi 12.000 años. Credit Jorge Blanco

Se parecía a muchos animales distintos y, al mismo tiempo, no lucía como ningún otro.

De lejos, se podría pensar que era un camello grande y sin joroba. Las piernas altas y robustas que terminaban en pies de rinoceronte soportaban un peso corporal similar al de un auto pequeño. Su cuello se estiraba como el de una jirafa antes de dar paso a una cara parecida a la de un antílope Saiga tatarica. De esta cara se extendía una protuberancia carnosa, similar a la nariz de un tapir o la trompa de un elefante miniatura.

Cuando Charles Darwin encontró por primera vez sus fósiles en el sur de la Patagonia durante su viaje en el Beagle, quedó desconcertado. Envió especímenes a Richard Owen, un paleontólogo inglés, quien supuso que el animal era una bestia gigantesca, parecida a una llama, y le puso por nombre macrauquenia, que significa llama grande.

Desde entonces, muchos investigadores han intentado fijar la ubicación de los macrauquenias en el árbol de la vida. Sus especulaciones han diferido muchísimo, pues han agrupado a estas bestias extintas con animales tan variados como los elefantes y los cerdos hormigueros o los camellos y los hipopótamos.

Ahora, 180 años después del descubrimiento de Darwin, los científicos han confirmado que los macrauquenias eran parientes lejanos de los caballos, rinocerontes y tapires, miembros de un grupo conocido como perisodáctilos, o Perissodactyla. En un estudio publicado recientemente en Nature Communications, los investigadores calcularon que los macrauquenias divergieron de los Perissodactyla hace 56 a 78 millones de años.

Un grupo que “básicamente no tenía hogar ya encontró su espacio”, dijo Michael Hofreiter, profesor de Ciencias Genómicas de la Universidad de Postdam en Alemania y autor del estudio.

Los macrauquenias eran herbívoros que vagaban por los espacios abiertos y cubiertos de hierba de toda América del Sur antes de desaparecer junto con otras especies de megafauna al final de la última era de hielo, hace casi 12.000 años. A lo largo de los años, paleontólogos y excavadores han encontrado un buen número de fósiles de macrauquenia, pero el estudio de huesos y dientes ha sido engañoso porque los animales tenían una mezcla de rasgos, dijo Ross MacPhee, curador del American Museum of Natural History de Manhattan, otro de los autores del estudio.

Para tener un mejor entendimiento, Hofreiter, MacPhee y sus colegas recurrieron al ADN. El equipo logró encontrar un hueso de dedo del pie que estaba en una cueva en el sur de Chile y tenía suficiente ADN de macrauquenia para poder realizar estudios.

Para reconstruir secuencias de ADN antiguo, los científicos suelen utilizar como andamio el genoma de un pariente vivo y estrechamente relacionado. Pero los macrauquenias no tienen parientes vivos cercanos.

En vez de eso, los investigadores compararon alrededor de 20.000 fragmentos de ADN mitocondrial obtenido de su muestra ósea con los genomas mitocondriales de caballos, rinocerontes, tapires y llamas salvajes.

Hofreiter comparó el proceso con armar un rompecabezas en estas condiciones: no cuentas con la imagen final que se está construyendo, pero tienes varias imágenes que son algo similares para ayudarte a colocar las piezas en su lugar.

Los investigadores reconstruyeron alrededor del 80 por ciento del genoma mitocondrial de los macrauquenias. Hasta ahora, dijo Hofreiter, “nadie había reconstruido una secuencia de ADN antigua en la que el pariente más cercano fuera tan lejano”.

Al comparar este mitogenoma con los de muchos mamíferos, su equipo pudo ubicar a los macrauquenias como hermanos de los Perissodactyla en el árbol evolutivo. Los nuevos hallazgos confirmaron los de un estudio de 2015, en el que un grupo de científicos (incluyendo a Hofreiter y a MacPhee) estudiaron a los macrauquenias a través de proteínas antiguas.

El hecho de que “dos enfoques totalmente diferentes concluyeran lo mismo es muy convincente”, dijo Matthew Collins, un bioarqueólogo de la Universidad de York en el Reino Unido. Collins, uno de los autores del estudio de 2015, no participó en la investigación actual.

En el futuro, conforme las herramientas para estudiar el ADN antiguo sigan mejorando, los científicos podrán desbloquear las secuencias genéticas de más especies extintas que habitaban en climas cálidos, donde el ADN se degrada rápidamente, dijo MacPhee.

“Eso marcará una gran diferencia en la manera en que entendemos el pasado”, dijo.
The new york times

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