Juan y María, María y Juan… O una historia de pareja (Por Amalia Ayala)

Juan conoció a María laburando. De entrada le pareció bonita, cuando comenzó a tratarla en forma diaria, descubrió un alma sensible y una mina inteligente y querible, muy querible. Se hicieron amigos, porque María tenía novio y estaba muy enamorada de él (en realidad solo veía por sus ojos, así de fuerte era el amor de María).

Al tiempo, la eterna inseguridad de María provocó que su novio la dejara, harto de sus celos. Ahí Juan comenzó a ver su oportunidad: primero la acompañó discretamente en su dolor, conversaban mucho, hasta que un día finalmente se animó y la invitó a salir. Juan ya estaba irremediablemente enamorado de ella. María aún estaba dolida por su ruptura y un poco confundida. Comenzaron a salir en forma regular. María no entendía mucho qué hacía ella con alguien tan distinto, pero le gustaba Juan por su carácter fuerte y resuelto. Y siguieron saliendo. María seguía confundida, ella pensaba que era solo una más en una larga lista –Juan no solo tenía fama de Don Juan, lo era- y no se hacía demasiadas preguntas. Hasta que un día ella se animó a preguntar y se asombró de la respuesta: no era una más. Era LA mina en la vida de Juan. Juan se lo dijo sin vueltas y si algo faltaba para que María reconociese ante sí misma que ese hombre simple y de carácter fuerte –ella estaba acostumbrada a hombres complicados y de alto vuelo intelectual- finalmente había conseguido enamorarla, ya no quedaron dudas.

Y fueron felices y comieron perdices? No, señor, acá no termina el relato. Mis dos amigos continuaron su relación, que se fue afianzando con el tiempo hasta que un día decidieron casarse. Lo decidieron rápido y sin demasiadas vueltas –a ninguno de los dos les gustaban las celebraciones y mucho menos exponerse y, lo más importante, no tenían dinero para gastar en festejos, ambos decidieron que el verdadero festejo era el comienzo de una vida juntos-. Hasta que la muerte los separe.

Curiosamente, al segundo o tercer día de casados, María comenzó a cambiar –más tarde, muchos años después, supo, que a pesar del inmenso amor que le tenía a Juan, en ese momento sus tripas le estaban diciendo que había cometido un error, por eso el cambio- pero no le dio demasiada importancia.
María se convirtió en la señora de Juan. Y como tal, abrazó con pasión la idea de tener la casa siempre brillante, de tener a su marido siempre con la ropa limpia y bien planchada –a pesar de que María odiaba planchar- y aceptó como natural abandonar sus actividades y sus amistades y solo salir con Juan y parejas amigas. Siguieron así unos cuantos años hasta que un extraño desasosiego se empezó a apoderar de ella: sentía que le faltaba algo, que algo no andaba bien, que de a ratos no era escuchada, algo no funcionaba como ella esperaba que funcionase. Ya no sentía ese íntimo orgullo y ese cosquilleo que le producía que le dijeran “señora”.

Y en algún momento comenzaron las discusiones. Primero tímidamente, luego fueron in crescendo. Juan no entendía que le pasaba a ella, siempre cortaba las discusiones diciéndole lo mismo: “con vos no se puede hablar”. Y María se quedaba en un rincón, rabiosa e impotente y medio sin saber que hacer, pero al otro día se levantaba, iba a trabajar –ambos trabajaban-, volvía de su trabajo y seguía con su rutina en su casa. María engordó mucho y luego bajó de peso –ella siempre tuvo problemas de peso-, y su autoestima iba y venía. Y los psicólogos se sucedían intentando descubrir que le pasaba, porque tenía problemas de autoestima y porqué se sentía tan chiquita.

Hasta que llegó un día en que la situación no dio para más y María se fue de casa. Al tiempo volvió, pero ya no era lo mismo. Ya algo se había roto y no se podía componer. Y María quiso divorciarse. Le costó un poco, porque Juan también ya había entendido la inutilidad de retenerla contra su voluntad, a pesar de que él la quería como el primer día o más. Ella también, a su manera y de distinta forma, pero no quería vivir más con él. Y se divorciaron y María se fue a vivir sola.

Hace un tiempo me crucé con ella, que se divorció después de cerca de 20 años de matrimonio. Ya había pasado mucho tiempo de su divorcio. Nos sentamos a tomar un café y ella me contó de su vida: estaba bien, no había vuelto a formar pareja pero estaba enamorada nuevamente. Juan rehízo su vida, tiene pareja, después de muchos años de estar solo. María no, ella solo se enamoró sin siquiera proponérselo, le pasó y no sabe manejar muy bien la situación.

La relación entre ellos luego del divorcio pasó del cuasi odio y el no hablarse a hablarse y apoyarse nuevamente, como lo hacen dos viejos amigos. Obvio, cada tanto discuten y se reprochan mutuamente las cosas que las parejas se reprochan cuando se separan.
Juan no sabe que sigue buscando a María en cada mujer que se le acerca. María sabe que de alguna forma misteriosa quedó una especie de lazo entre los dos, pero solo eso. Nada más. Y nada menos.

¿Qué hace que dos seres humanos se enamoren? ¿Qué hace que al principio se entiendan en forma increíble y a veces, luego de un tiempo desaparezcan la magia y el amor y la comprensión y el compañerismo del inicio?
¿Dónde estuvo el error, Juan quizás se equivocó al apartar a María de sus amigos y sus actividades? ¿María se equivocó al decidir ser solo ama de casa y abandonar sus actividades?

Una sola clave: cuando la vi, María brillaba. Estaba linda, alegre, distinta. Se lo dije. Y ella me contestó que no había sido fácil, que se había comportado como una especie de viuda durante años, que se había negado a salir de su casa y no aceptaba ni invitaciones de amigas. Hasta que un día dijo basta, aceptó la invitación de unos amigos y su vida cambió.
Quiero suponer que, de alguna manera, ambos encontraron la forma de ser felices a pesar de. Porque los dos –me consta porque los traté mucho tiempo- cuando se casaron lo hicieron para toda la vida. Y eso es algo difícil de superar. No significa necesariamente un fracaso, de ninguna manera. Pero me quedé pensando, si muy en el fondo, ambos no sienten que en algún momento la vida los estafó. Y no fue porque ambos no se quisieran lo suficiente, quizás, en una de esas, se querían demasiado y por eso no fueron capaces de seguir juntos. Suena tonto, suena a excusa barata, pero a veces pasa. A ellos les pasó.
Al menos aún se tienen el uno al otro cuando están mal o la vida los golpea, porque, curiosamente, de tanto amor, y después de tantas peleas interminables, finalmente hicieron las paces con el pasado y ahora son amigos, de esos que cuidan del otro. Fin de la historia.

Redacción Concordia Directo

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