Manicomio: “Una mirada puertas afuera” por Amalia Ayala

Comencemos por definir la palabra desmanicomializar, significa cerrar los manicomios para transformar las prácticas de Salud Mental, donde el paciente pueda vivir socialmente y ser atendido en centros ambulatorios.

“La desmanicomialización no es darle el alta al paciente y que se las arregle” cuenta Sergio Brodsky 1 para luego comenzar a relatar la historia de Revuelo en el Altillo, el taller de comunicación que funcionó y sigue funcionando como dispositivo terapéutico y socializador, tanto para los pacientes como para la sociedad”.

“Los pacientes por lo general a consecuencia de su enfermedad pero también y sobre todo a consecuencia de lo que es la actitud social frente a la enfermedad mental, no tienen espacios de relación; entonces el paciente vive situaciones de soledad, de falta de conexión con los otros, de no realizar enlaces con lo social, vive aislado de la sociedad”.
“Tomando en cuenta esos elementos que tienen que ver más con la sociedad que con el paciente, nosotros comenzamos a construir un ámbito porque veíamos que el paciente era internado en la sala de Salud Mental, la mítica sala 8, donde la internación que se hace es por un periodo breve (hasta que el paciente se compensa) y después vuelve a su casa, pero lo que aparecía como problema era que el paciente la única actividad que tenía en el hospital era tal vez una actividad de psicoterapia, de ir a visitar al psicólogo una vez por semana en el mejor de los casos y de ir a buscar su medicación; pero no había ningún otro tipo de actividad, el paciente vivía en una situación de ocio improductivo la mayor parte del día, y además cargando con este estigma social del prejuicio, la discriminación y sin ningún tipo de inserción laboral ni comunitaria”
“Hay dos elementos que hacen nacer la revista (“Revuelo en el Altillo”) que ya lleva más de cinco años; uno es ese, el tema de ver que los pacientes tenían una situación de ocio improductivo, de soledad, de aislamiento social, de falta de contacto con los otros, de ser discriminados, de ser aislados por la sociedad. El otro es que si bien el servicio de salud mental es un servicio de agudos (es decir que la internación debe ser breve), lo que sucedía con muchos pacientes es que no se podía dar ese proceso de reinserción porque no tenían ya una vez dada el alta, ni familia, ni casa ni nada.”
“Eso fue generando que muchos pacientes quedaran viviendo en el hospital, y esos son los pacientes que llamaban crónicos; pero que quedan internados porque no tienen dónde ir, no porque sea necesario para su salud.”
“Yo empecé a reunirme con esos pacientes que prácticamente no hablaban o tenían escasa comunicación, a empezar a juntarnos a hablar, y después empezaron a incorporarse algunos pacientes ambulatorios también a esas reuniones, que eran reuniones abiertas donde la propuesta era hablar de lo que surgiera; y de a poco fueron plantando entre sus intereses la lectura y la escritura… entonces empecé a proponerles que lleven algo, lo que se les ocurriera”
“Y así muy precariamente empezaron a alcanzarme papelitos con intentos de poemas, alguna reflexión, un comentario, y ahí empezó a nacer de alguna manera el taller de comunicación; porque empezamos a juntar los pacientes internados con los ambulatorios y en algún momento dado, como había tanto entusiasmo con esto de escribir y leer, les propongo la posibilidad de hacer una revista: que primero pensamos que podía ser interna, pero que expresara el sentir y el pensar de los pacientes… y bueno se re engancharon… fue una propuesta medio irresponsable porque yo no sabía ni como se hacía, ni quién podía hacerla ni tenía el dinero ni nada. Finalmente eso se fue resolviendo porque había quedado un dinero de la cooperadora de una jornada que habíamos hecho desde el hospital, y eso lo tomamos inicialmente como base para poder hacer la revista, y así nació el primer número de Revuelo en el Altillo.”
Hasta aquí lo relatado por Sergio.
Por razones de salud, hace un tiempo que no puedo trabajar. Como toda mi vida trabajé, se me hace un poco difícil estar en casa sin hacer nada útil, fue así como un día hablé con Sergio –hacía tiempo había asistido a una jornada donde él contaba del trabajo que llevaba a cabo y quedé muy interesada en el tema- y le pregunté si podía colaborar con él.
Así comencé a participar de las reuniones en el Hospital Felipe Heras y los programas de radio. Y me encontré con un mundo nuevo, una realidad que desconocía y la increíble sorpresa de descubrir mi lugar de pertenencia. Sí, como la mayoría de la gente “normal” he tenido períodos de depresión y angustia y desde hace mucho tiempo hago terapia.
Pero nada me había preparado para lo que viví. Yo conocía el mundo de la terapia formal, donde te sentás a contarle a un psicólogo/a qué te pasa, que te pasó, que sentís, cuáles son tus dudas o tus problemas.

Al incorporarme al grupo como voluntaria, llegué sin saber muy bien qué hacer o qué decir y cómo comportarme (por más que uno lo intente, es difícil enfrentar ciertas situaciones que exceden lo que uno conoce y que, justo es decirlo, está rodeado de un montón de preconceptos) y ahí fue mi primera sorpresa: desde el primer día que llegué, todos me recibieron con cariño y naturalidad, ellos me integraron y me enseñaron muchas cosas y hasta el día de hoy aprendemos juntos.

Asombra la calidez, la contención, el cariño, la naturalidad del vínculo que se establece entre todos quienes asistimos a las reuniones, nos convertimos en compinches, hacemos amistades, nos protegemos y nos cuidamos. Lo que debería ser normal afuera, donde está la gente “normal” –y donde no sucede- se da en el lugar menos pensado, primero te asombra, luego lo aceptás y luego es imposible no reconocer que es tu lugar de pertenencia. Es paradójico que lo que tendría que ser normal se dé en un lugar que no es considerado “normal”. Y es bueno y es sanador. Es como debiera ser. Y es ese increíble clima de amor, contención y guía un delicado equilibrio que requiere de una mente sana, un corazón grande como una casa, un ser humano bondadoso, compasivo, respetuoso del otro y al mismo tiempo de una mano firme para que nos guíe, porque todo es normal, así como hay mucho amor y respeto, hay discusiones y malentendidos y errores que se cometen sin saber, como en una familia normal. Es como si todos fuéramos hijos, hermanos y padres de nosotros mismos, siempre guiados por Sergio.

Y es increíble el hermoso y esforzado trabajo que llevan adelante Sergio Brodsky y Adrián Kölln. Es lo que se llama una labor de amor. Te reconcilia con la vida encontrar gente que aún piensa y siente que el otro es un ser humano digno y como tal lo rescata, lo pone de pie, lo revaloriza y lo ayuda a encontrar su lugar en el mundo. Y todo dentro de un increíble marco de amor y contención y respeto y compasión por el otro. Y es dignificar al ser humano. Lo que se hace tiene un valor increíble, difícil de medir, porque se trata de mirar al otro, reconocerlo, darle una mano y rescatarlo desde el amor y el sacrificio. Son actos que no se pueden medir en palabras, basta ver los hechos y los mismos te reconcilian con la vida. Aún hay gente que cree en la gente. Aún hay gente capaz de restarle un montón de tiempo a su vida familiar y ver al ser humano y romper todos los tabúes y reconocer el valor del otro, más allá de su problema, gente que no prejuzga y que sabe ver más allá de lo que se aprecia (mal) a primera vista. ¿Amaos los unos a los otros, dijo Jesús? ¿Ya sería demasiado soñar que se replique la labor de estos dos profesionales, aunque mas no sea de a poco? Aún hay gente sensible y solidaria con un gran corazón que se atreve a hacer de este mundo algo mejor, ¿sería un delirio querer que existan más profesionales como ellos?

Esa es la pregunta y ese es el desafío. Necesitamos de más “Revuelos en el Altillo”, necesitamos de más Sergios y Adrianes, necesitamos de más gente que nos mire a los ojos y nos vea y nos revalorice y nos enseñe que somos seres humanos dignos de amar y de ser amados. Y de ocupar nuestro lugar en el mundo.

1Sergio Brodsky es Psicólogo del servicio de salud mental del hospital Felipe Heras desde hace 17 años, y trabaja en Salud Mental desde hace 20. Los tres años anteriores trabajó en el hospital Colonia de Federal. Lo acompaña en su labor Adrián Kölln, también psicólogo.

Por Amalia Ayala
CONCORDIA – ENTRE RIOS

Redacción Concordia Directo

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