Martín Yeza: “Los trapitos no me creen cuando les digo que soy el intendente”

Martín Yeza, el nuevo -y muy joven- intendente de Pinamar.
Con 30 años, vive su primer verano como funcionario. Selfies playeras, trabajo full time y ropa sin lavar.
Yeza, sin parar, en la playa de Pinamar

Martín Yeza tenía 11 años cuando José Luis Cabezas fue asesinado en Pinamar. Dice que se acuerda de todo, “como muchos se acordarán qué estaban haciendo cuando pasó lo de las Torres Gemelas o los que vivieron un Mundial se acordarán de lo que sintieron en la final”. El dato del Mundial pasa de largo en la mesa del bar Nelson, cerca de la playa, pero sirve para caer en la cuenta de lo joven que es: cuando Argentina salía campeón, en el 86, Yeza, nuevo intendente de Pinamar (y el más joven de la provincia), era un bebé de cuatro meses.

Se lo puede ver descalzo caminando por Bunge: mide 1,95 y calza 47 y “es que las ojotas, con estos pies, te dan chirlos en los talones”, explica. Se levanta a las 5.30 de la mañana “para ir a arengar a los que limpian la ciudad, porque hay gente que cree que su trabajo no vale porque no se ve”, dice a Clarín. Después, llega a su despacho, al ras de la vereda, y abre las cortinas: “De esa manera elimino la incertidumbre. Nadie puede decir: ‘Yeza se habría reunido con tal’. Pasá y mirá con quién estoy. Todo Pinamar está atravesado por hechos de corrupción y hay que limpiarle la cara”, sigue. Y cuenta que en estos días recibió decenas de llamados del tipo: “Hola Martín, ¿cómo arreglamos ésto? Vos sabés cómo es la política…”.

Tuvo de maestra a la esposa de Gustavo Prellezo, condenado por el crimen de Cabezas, estudió abogacía y no terminó, trabajó con Felipe Solá y con “Mariu” Vidal y hace poco, tener proyectos diferentes lo separó de su novia: “Ella quería irse a vivir a Japón y yo quería ser intendente de un pueblo”, cuenta mientras intenta estacionar. “Ahora –mira a los trapitos– hago ‘la gran Cabandié’ y les digo ‘¿vos sabés quién soy yo?”, se ríe. Efectivamente, les dice “buenas, ¿puedo? soy el nuevo intendente”, y uno de ellos larga una carcajada: “Me estás jodiendo”, le responde.

Escucha a Bowie, juega beach voley, vive solo –”ahora que trabajo tanto se me acumula la ropa para lavar”– y hace un millón de cosas por minuto: le suena el teléfono, es un periodista extranjero impresionado con la noticia de que se bajó el sueldo. Dice que el intendente anterior cobraba entre 235 y 260 mil pesos y él se lo bajó al sueldo ley, de 70 mil. Y que el anterior, además, cobraba viáticos “como si fuera Angela Merkel viajando a firmar un acuerdo bilateral, cuando a lo sumo tenés que irte a…Madariaga”. Contesta por Facebook las quejas de los vecinos, tuitea y retuitea (ayer alguien le tuiteó: “¿Qué pasa si mezclás a Néstor Kirchner y Benjamín Vicuña? Sale un capo que nada que ver”), se sube al auto, ve a alguien en cuatriciclo sin casco, llama a un funcionario, le pide que mande a alguien, llega a un balneario, le piden una selfie, acepta.

El 90% de sus funcionarios son sub 35. “La ventaja de ser jóvenes solteros y sin hijos es que trabajamos 14, 16 horas por día. El problema que tenemos con la vieja guardia es de velocidades: antes jugaban al pelotazo, nosotros al tiki tiki. Tenemos más disponibilidad. En 6 meses podremos tener jornadas de trabajo normales, pero ahora estamos en terapia de shock”.

Su meta inmediata es cambiar la imagen de la Pinamar corrupta: para eso, su agenda está online y con el temario de sus reuniones. “Es una manera de blindarte: me reúno con vos, sugerís algo raro, te lo agrego al temario”. Esa meta incluye a la noche (en 2008, Roberto Porretti fue filmado pidiendo una coima para habilitar el boliche Ku y destituido). Con poco tiempo, ya estrenó una idea: hizo peatonal la zona de boliches “para que si vos te querés poner del bonete, no salgas borracho con el auto y mates a alguien”. Esa es otra punta para cambiar la mala imagen de Pinamar: “Vamos a tratar de domar el toro bravo de la noche de Pinamar”, dice, y atiende otra vez, otro llamado.
clarin

Paula Ravier

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