Muerte de Néstor Kirchner: ¿Que pasó aquel miércoles de octubre del 2010?

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El secretario general de Redacción de La Nación, Héctor D’Amico, se sorprendió mucho al recibir el llamado en su casa de la corresponsal de Santa Cruz, Mariela Arias. Era feriado, temprano, y ella nunca lo llamaba a su celular.

—Disculpe si lo desperté. Quería decirle que ya envié a la web del diario un anticipo muy importante, pero que el equipo de la plataforma online no lo quiere subir.
—¿Y qué decía esa noticia?
—Que Néstor Kirchner estaría gravísimo, en el hospital de El Calafate.
—¿Qué?
—Sí, que Néstor Kirchner estaría gravísimo. Yo estoy en Río Gallegos y él, en El Calafate. Pero lo tengo confirmado de muy buena fuente.
—¿Es segura esa fuente?
—La fuente es inmejorable. También le mandé un mensaje de texto a [Luis] Buonomo para que, por favor, confirme la noticia.
—Bueno, vamos a subir eso que enviaste.

La corresponsal de La Nación en los dominios de los Kirchner se refería al equipo técnico del sitio on line del diario, cuyos integrantes eran los primeros en llegar. En un feriado, un poco más tarde de lo habitual. Pero no podían subir noticias.

D’Amico recuerda ahora que al rato, minutos después de que la noticia apareciera en la web del diario, Arias volvió a llamarlo y le confirmó que el ex presidente había muerto.
—Tengo la respuesta de Buonomo. Textual: “Frío”.

Quien había logrado comunicarse con el amigo y médico de Néstor Kirchner era otra periodista de La Nación, Mariana Verón, que seguía los temas políticos vinculados con el gobierno y que horas después viajaría a El Calafate, enviada por el diario.

“La palabra ‘frío’ en la pantalla del celular la recuerdo porque me lo contó Mariela Arias. Mariana Verón fue quien contactó primero a Buonomo y ella luego compartió la respuesta con Mariela y la Redacción”, dice D’Amico.
Y agrega: “Ahí supimos que Néstor Kirchner había muerto, pero quisimos chequear bien la noticia; no podíamos equivocarnos en algo así: La Nación no podía matar al ex presidente. Dimos la confirmación creo que seis u ocho minutos después del medio que dio la primicia”.

D’Amico, que escribe maravillosamente y sobre una vastedad de temas relacionada con el amplio abanico de sus lecturas e intereses, es también una persona prudente. La Nación —como otros medios periodísticos— estaba en la mira del kirchnerismo y no podía cometer un error en un tema tan sensible.

Fue una jornada muy intensa entre los periodistas de los medios porteños. Los rumores sobre la muerte de Kirchner comenzaron a circular con mucha fuerza a media mañana. Pero resultaba difícil confirmarlos porque los colaboradores más cercanos de los Kirchner habían apagado sus celulares.
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“Si no tenemos la confirmación de una fuente oficial, no podemos darlo”, ordenó Daniel Hadad cuando desde C5N lo consultaron sobre esas versiones. Todavía no había sido presionado por el gobierno para que vendiera sus medios a un empresario amigo de los Kirchner, Cristóbal López. Por lo tanto, además de ese canal de cable, que peleaba palmo a palmo con TN el primer lugar, lideraba la audiencia en AM con Radio 10 y en FM con sus cuatro radios.

Hadad tampoco encontraba a nadie hasta que recordó que había sido despertado bien temprano por un llamado a su celular.

—Perdón, perdón, equivocado —escuchó que le dijeron antes de cortar.

Y vio en su pantalla que se había tratado de José María Olazagasti, el secretario privado del ministro de Planificación Federal, Julio De Vido.
“No alcancé a decirle nada —cuenta el periodista y empresario— porque colgó muy rápido. Yo había hablado con él la noche anterior y se ve que él se confundió y que en el apuro apretó el último número que había marcado. Pero no le di importancia a ese llamado hasta que, como no encontraba a nadie para confirmar esos fuertes rumores, probé con él; lo llamé y me atendió.

—José María, me enteré, lo siento muchísimo.
—Todavía no lo puedo creer —me dijo, llorando.
Con una mano, seguí sosteniendo el celular, y, con la otra, llamé a C5N.
—¿Cómo fue?
—No sé mucho, parece que fue el corazón… Julio ya está viajando para allá.
Cuando me atendieron en el canal, me despedí de Olazagasti.
—Pongan la placa de alerta y den la noticia: Murió Néstor Kirchner. Está confirmado —le dije al productor.
La periodista Débora Plager estaba al aire y dio la noticia: “Murió Néstor Kirchner. La información primero en C5N”.

El reloj marcaba las diez y trece.

El momento de la despedida

A las ocho y media, cuando estaba oscureciendo, el doctor Buonomo llamó al funebrero.
—Cerrá el cajón.
—¿Van a Buenos Aires?
—Sí.

Hasta ese momento se especulaba con que el ex presidente fuera velado en una ceremonia abierta al público en Río Gallegos —en la Casa de Gobierno que ocupó durante tres períodos consecutivos— o en Buenos Aires, donde aparecían dos lugares alternativos: el Congreso o la Casa Rosada.

El cierre del cajón es el momento crítico de un velatorio; el desgarrador instante de la despedida. Yosver se paró en una de las puntas del cajón, con el soldador en la mano derecha y una cajita con herramientas en la izquierda.

Primero, habló Cristina, los ojos llorosos clavados en el rostro de su compañero durante más de treinta y cinco años, la voz quebrada por el dolor.
—Pensar que trabajamos tanto. Nos vinimos al sur tan jóvenes y ahora te vas y me dejás sola. Pero, quédate tranquilo: yo te voy a hacer quedar bien… ¡Te amo! ¡Te voy a extrañar siempre!

Luego, fue el turno de su hijo, Máximo.
—Chau papá. Te juro que a todos los que te hicieron esto… ¡los voy a hacer mierda!

Cuando Cristina se retiraba, un comedido la tomó del brazo para ayudarla a bajar el escalón del desnivel de ese sector del living.
—Llévenla, llévenla hasta el…
—Yo no soy ninguna vieja chota para que me anden llevando. Me voy porque no soporto el ruido de ese soldador —lo interrumpió la Presidenta, rápidamente recompuesta de la despedida, en el velatorio íntimo donde Cristina mostró a la plana mayor del oficialismo que ya se había convertido en la nueva jefa de todos ellos.

La persecución a los medios

Las cadenas nacionales de Cristina Kirchner siguieron en aumento luego de la reelección, tanto en frecuencia como en duración. Fueron dieciocho en 2011, veintidós en 2012, veintiocho en 2014. Duraron en promedio, catorce minutos en 2008, pero cuarenta y uno en 2014.

Con esas cadenas nacionales, la Presidencia buscaba el contacto directo, sin intermediarios, con la militancia y, en especial, con la gente.

Uno de sus colaboradores de mayor confianza en el área cultural explicaba que hubo “una estrategia comunicacional, tomada del venezolano Hugo Chávez, frente al bloqueo de los grandes medios. Tenías que meterte vos en el territorio de los medios sin depender de que ellos te metieran allí porque les bastaba con ignorarnos”.

La fuente agrega que ubicaron las cadenas nacionales en los horarios prime time o en los más convenientes, ya sea por el segmento del público al que buscaban llegar o porque querían tapar algunos programas de radio y televisión que les molestaban.

Desde el punto de vista oficial, las cadenas nacionales fueron un recurso defensivo. Pero tanto Néstor como Cristina hicieron todo lo que pudieron para ahogar a los medios que no eran kirchneristas y multiplicar los que estaban en manos amigas. Un instrumento ofensivo que Kirchner ya había utilizado en Santa Cruz para someter a los principales medios.

A nivel nacional, no pudieron lograr esos resultados. Pero lo intentaron con una audacia inédita, obsesionados por el control de la prensa para, por un lado, eliminar cualquier tipo de mediación entre ellos y la gente, y por el otro, impedir que el relato que bajaba del gobierno pudiera ser siquiera puesto en duda.

El primer medio en sufrir el acoso de Kirchner fue el diario Perfil, a los pocos meses de haber vuelto a la calle, el 11 de septiembre de 2005. El gobierno le cortó rápidamente el grifo publicitario en una discriminación que se extendió a todas las revistas de la editorial del periodista y empresario Jorge Fontevecchia. En simultáneo, ciertos funcionarios de primera línea presionaron a empresas privadas para que retiraran sus avisos. Algunas compañías les hicieron caso; muchas no. Fontevecchia sufrió, pero resistió.

Luego, ya durante el primer gobierno de Cristina, fue el turno de Crítica de la Argentina, el diario fundado y dirigido por el periodista Jorge Lanata. También fue afectado por un boicot de la publicidad oficial operado directamente por Kirchner, y cerró a los dos años.

La guerra de los Kirchner contra el Grupo Clarín comenzó durante la pelea con el campo y se extendió hasta el último día del gobierno de Cristina. Era algo previsible; no podían permitir que permaneciera fuera de control un holding que incluía al diario de mayor circulación, a los canales de mayor audiencia, tanto en la TV abierta como en el cable; y a la segunda radio AM a nivel nacional, entre otros medios.

Fue un conflicto encarnizado. Luego de la muerte de Néstor, Cristina utilizó todos los recursos del Estado para desguazar al Grupo Clarín. Desde todos los frentes posibles, incluidos los derechos humanos y sus liderazgos, tanto Hebe de Bonafini como Estela de Carlotto. No lo logró.
También el diario La Nación y sus revistas sufrieron el boicot publicitario y la hostilidad del oficialismo. En simultáneo, el dinero público que se le negaba a todos esos medios independientes del gobierno era direccionado a los diarios, las revistas, las radios y los canales que lo apoyaban sin chistar. Que es como entendían los Kirchner que había que hacer periodismo.
Hugo Chávez, inspiración para la estretegia comunicacional de los Kirchner (AFP)
Hugo Chávez, inspiración para la estretegia comunicacional de los Kirchner (AFP)

Además, el kirchnerismo fomentó la compra de medios eficientes por parte de empresarios amigos, que habían hecho mucho dinero en otros rumbos gracias a oportunas decisiones oficiales. El caso más notable fue la venta forzada de los medios fundados por el periodista y empresario Daniel Hadad, luego de que Cristina logró la reelección. El gobierno le armó incluso una causa penal por la venta de Canal 9, que había ocurrido cinco años antes.

Hadad cuenta una de las presiones que recibió por parte de un funcionario muy importante.
—¿Cuántos hijos tenés? —le preguntó.
—Cuatro.
—Y si te meten preso a vos y a tu mujer, ¿quién los va a cuidar?
—¿Por qué me van a meter preso a mí y a mi mujer?
—Es un delito penal económico.

“Me fui de esa conversación —afirma Hadad— dispuesto a resistir hasta que un día, en un almuerzo con otro funcionario, me entero de que iban a estatizar YPF y sin pagarles un peso. Ahí me dije: ‘Si me van a llevar puesta a la empresa más grande del país, cuyo dueño mayoritario es extranjero, ¿cuánto van a tardar en borrarme de un plumazo a mí?”.

El comprador fue Cristóbal López, en abril de 2012. A Hadad sólo le dejaron Infobae, en aquel momento un incipiente portal de noticias.

Cristina fue más allá que su marido e intentó superarlo en la domesticación de los medios. Hizo lo mismo con otras instituciones ubicadas entre ella y la gente, como el Poder Judicial y las empresas privadas más fuertes.

En simultáneo al aumento en la frecuencia y la duración de sus cadenas nacionales, Cristina se aisló del peronismo y de los poderes fácticos: se acabaron las reuniones en Olivos con gobernadores, intendentes, legisladores, sindicalistas, empresarios y piqueteros, a las que su marido y mentor les dedicaba tanto tiempo.

El sueño de “Cristina eterna” y los leales

Eran los dulces tiempos en los que el sueño de “Cristina eterna” parecía al alcance de la mano. ¿El camino? Una reforma constitucional que habilitara la posibilidad de la reelección indefinida, eliminando esa molesta cláusula que limitaba la estadía en la Casa Rosada a dos períodos consecutivos.

La diputada Diana Conti, una de las abanderadas del proyecto, lo dijo con su elocuencia habitual: “Los sectores ultra K a los que pertenezco avizoramos el deseo de una reforma constitucional porque quisiéramos una Cristina eterna”. Pero admitió que era “necesario contar con consenso del arco político para avanzar en ese tema”.

Por eso, para demostrar que esa reforma constitucional contaba con un aval relevante en la sociedad, el oficialismo debía ganar las elecciones legislativas de 2013, que de esa manera, se convirtieron en un evento crucial.

“¡Vamos por todo! ¡Por todo!”, se sinceró Cristina cuatro meses después del gran triunfo, el 20 de febrero de 2012, en el acto para recordar los doscientos años de la primera vez que el prócer Manuel Belgrano izó la bandera en Rosario. Hablaba la intendenta socialista, Mónica Fein, cuando la cámara enfocó a la Presidenta mientras enviaba ese mensaje más bien contundente a un grupo de militantes, agitando su mano izquierda; con la derecha, meneaba un abanico negro.

Uno de los cambios más notables luego de la muerte de Kirchner fue que Cristina basó su gobierno en un núcleo reducido de leales y marginó a un lejano segundo plano al resto de los funcionarios, más allá del rango que tuvieran. Leales que se manejaban como si integraran una secta, a la que pasaban a pertenecer recién después de aprobar un examen de admisión, que era también ideológico, para asegurar una estricta obediencia. Un grupo relativamente pequeño, pero muy activo y movilizado.
Carlos Zannini, uno de los “leales” de Cristina. A su izquierda, Ricardo Jaime.
Carlos Zannini, uno de los “leales” de Cristina. A su izquierda, Ricardo Jaime.

Los dos pilares de su gobierno terminaron siendo Carlos Zannini en plano político y judicial, y Axel Kicillof en la cuestión económica. Y los jóvenes de La Cámpora, con su hijo Máximo a la cabeza, como un vivero de colaboradores que le aseguraban lealtad, militancia y entusiasmo, pero a costa de otros atributos también importantes a la hora de gestionar: eficiencia, pragmatismo y capacidad de autocrítica.

Hubo otros funcionarios importantes en los años en los que ella gobernó sola, pero se dedicaban a ejecutar mansamente y de manera más o menos eficaz las instrucciones que recibían de Cristina, o bien de sus dos alfiles: Zannini y, desde 2013, Kicillof.

Por ejemplo, Oscar Parrilli, quien primero sirvió a la Presidenta como secretario general de la Presidencia y luego como titular de la Agencia Federal de Inteligencia, el organismo que reemplazó a la Secretaría de Inteligencia.

Otros funcionarios que cumplieron un rol parecido fueron el canciller Héctor Timerman, y el jefe del Ejército, general César Milani, quien al asumir, el 3 de julio de 2013, señaló que esa fuerza estaba alineada con “el proyecto nacional” del gobierno; según sus críticos, Milani dirigió una supuesta red paralela de inteligencia al servicio del oficialismo.

La muerte de Kirchner hizo que Cristina asumiera el gobierno en plenitud y sin ningún tipo de sombras: esa ausencia la mostró tal cual era en el ejercicio del poder.

Extracto del libro Salvo que me muera antes, de Ceferino Reato, publicado por Sudamericana.
Infobae

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