Suicidio. Una mirada desde adentro (Por Amalia Ayala)

En varias oportunidades, durante el año pasado, tuve el inmenso gusto de participar en varias de las presentaciones del libro de Sergio Luis Brodsky1, “De amor y de muerte”, que trata, justamente acerca del suicidio.

Vamos a interiorizarnos acerca de lo que nos dice Sergio de cómo se gestó su libro y cuáles fueron los motivos que lo llevaron a escribirlo.

“El libro, trata acerca de la prevención y la asistencia al suicidio. Esta es una problemática que yo vengo trabajando hace un poco más de 10 años, tanto en mi práctica privada como en el hospital público, en salud mental, partiendo de la idea que el suicidio puede ser objeto de la prevención, en el sentido que conociendo los factores de riesgo y trabajando al nivel de la comunidad sobre los factores de riesgo o indicadores de riesgo del suicidio, hay todo un campo para la prevención, no solo para la asistencia de las personas que están en crisis, sino también empezar a trabajar en la prevención en la comunidad.

Esa es la temática que estoy trabajando en el libro porque tiene que ver un poco con el recorrido que venimos haciendo en estos años, donde hemos comenzado a trabajar la problemática a nivel clínico, y advertido un incremento de casos relacionados con esta problemática del suicidio, pero que en la mayoría de los casos lo que se observa durante la asistencia, es que hay todo un período previo en el cual (las personas) realizan una manifestación más o menos explícita o más o menos implícita de su intención, pero lo que hace que esta cuestión sea prevenible es que no hay aún un entorno que pueda escuchar y que pueda intervenir cuando una persona tiene manifestaciones o indicadores de riesgo del suicidio.”

“Hay dos ideas que son fundamentales, una es pensar que el suicidio es un proceso y no un acto impulsivo; históricamente se pensaba el suicidio como un acto impulsivo cuando en realidad el suicidio es un proceso que tiene varias etapas y hay autores que hablan de las diferentes etapas del proceso suicida, desde la ideación, pasando por una fase de duda donde hay un combate interior en cuanto a la posibilidad de realizarlo o no, hasta la tercera fase que es de decisión, que es donde la persona toma la determinación de quitarse la vida; pero hay todo un proceso previo que hay que advertir, la necesidad es que el entorno social o comunitario del paciente pueda advertir las señales de este proceso suicida y las señales que van dando lugar a ese proceso, los indicadores de riesgo.

La otra cuestión es que el suicidio puede ser prevenido en tanto y en cuanto haya una comunidad que pueda comprometerse con eso, y para eso hay que hacer todo un trabajo, es decir: Necesitamos una comunidad que pueda contener a la persona que está en la situación de riesgo suicida, identificarlo y saber qué hacer con respecto a eso. Pero muchas veces hay dificultades para identificar el proceso suicida porque hay muchos mitos y muchas creencias erróneas alrededor del suicidio que impiden que los entornos de los sujetos puedan tomar intervención en la prevención; por ejemplo el mito que dice que la persona que se va a suicidar no lo dice, o que el que lo dice no lo hace. Estas son creencias erróneas, son mitos que están muy fuertemente arraigados a nivel popular e incluso profesional, porque por ahí veo personas que trabajan incluso en el ámbito de la salud mental que tienen esas ideas equivocadas. Y son creencias que determinan la conducta, porque si uno cree que la persona que dice que se va a suicidar no lo hará, actúa en consecuencia… entonces no toma en cuenta cuando una persona manifiesta sus ideas suicidas y en realidad está comprobado que la enorme mayoría de las personas que se han suicidado o intentaron suicidarse lo han manifestado de manera explícita o implícita.”

“Muchas veces –aclara Sergio- los mitos que atraviesa el imaginario social o el imaginario de las personas, impide tener una actitud que le permita actuar como agente natural de salud, que es el concepto que se utiliza para la prevención participativa; que quiere decir que cualquier persona de la comunidad que naturalmente resuelve un problema de salud; sea un vecino, un amigo, un docente, un policía; cualquiera que tenga vínculos con otras personas, si tiene algún tipo de formación en una temática de salud puede actuar resolviendo problemas de salud; eso es lo que me lleva a trabajar con este concepto; porque mi recorrido en la temática va desde la asistencia clínica en mi consultorio particular o en el hospital, de personas que han hecho tentativa de suicidio, a un trabajo que recién estoy empezando a esbozar desde hace dos años, de intentar, muy a pulmón y desde el impulso individual (que en algún momento lo hicimos desde el colegio de psicólogos con Adrián Kölln que es un colega), empezamos a hacer actividades de prevención a la comunidad; es decir que corrimos el eje de la asistencia clínica a trabajar con la idea de la prevención en la comunidad.

Entonces hemos realizado encuentros con 80 tutores de nivel medio hace un par de años, con las escuelas secundarias, con docentes de nivel medio de colegios secundarios, hemos trabajado con estudiantes de acompañamiento terapéutico, con agentes sanitarios, con promotores de salud, enfermeros, es decir… grupos de personas que trabajan con personas y con grupos de riesgo, entonces para estas personas lo que hemos hecho es transmitir toda una serie de informaciones que tienen que ver con los mitos, dotándolos con la posibilidad de identificar los factores de riesgo, sobre cómo se puede intervenir cuando se presentan esos indicadores de riesgo, como por ejemplo saber que si alguien tiene una situación de riesgo de potencial suicida no puede quedar solo, que esa persona necesita una asistencia profesional inmediata.

Toda esa capacitación nosotros la empezamos a hacer, lo hemos hecho también en Federación y en Chajarí, porque hay una carencia de política focalizada sobre prevención de suicidios, y dentro de nuestras posibilidades, porque lo hacemos de acuerdo al tiempo que tenemos, la idea es avanzar con distintos sectores de la sociedad en prevención y llegar a conformar un sistema de redes de prevención de suicidio.”

Hasta aquí lo expresado por Sergio en un diario digital local, y que me fuera alcanzado por él a mi pedido, para realizar la columna.

Leo lo expresado por Sergio y me vienen a la mente dos recuerdos: uno, no recuerdo hace cuanto ocurrió, alguien –no recuerdo con exactitud, pero creo que era una chica- expresó a través de un chat su decisión de suicidarse. Rápidamente se puso en marcha la maquinaria que todos los que usamos internet conocemos –aún no existía el Facebook- y pasando de país en país, rápidamente se llegó a ella y se evitó que esa persona llevara a cabo sus intenciones, la salvaron y la contuvieron. Esto va dedicado a aquellos que se limitan a ver la parte ¿mala, nociva, peligrosa? de las conexiones por internet. Esto demuestra claramente que detrás de cada dirección, de cada @ (arroba), hay un ser humano, que la mayoría de las veces es capaz de sentir empatía y salir en defensa del otro, del que se siente mal y solo y que corre peligro de perderse de tanto dolor. No todo es acoso y peligro en internet, también hay gente como vos y como yo que es capaz de sentir y correr a ayudar a quien sufre.

El otro recuerdo es más personal y difícil de contar, voy a intentar ser lo más sintética y clara posible. En el año 2001 se me diagnostica cáncer de lengua, todo tomado a tiempo pero no evita que sea sometida a una operación que se llama vaciamiento selectivo de cuello y que consiste en sacar toda la cadena ganglionar del lado donde había un ganglio que no se llegaba a determinar si era patológico o no. Mi médico cirujano me dijo que había una alta posibilidad de que sacaran material sano –y así fue- pero ante la duda, se arrasa con todo. Después de la operación, me irradiaron. Y ya estaba totalmente fuera de peligro.

Casi al final de mi terapia de rayos, pasó lo impensable, algo que ni yo pude prever. Para hacerla corta, estaba atravesando por un período difícil de mi vida y en un momento dado fue tanta la presión y el dolor, que me perdí por 5 segundos y me tragué el contenido del pastillero donde guardaba mi medicación para la ansiedad. Me quise suicidar. A los 10 segundos siguientes estaba hablando por teléfono al sanatorio explicando lo que había hecho y que quería salvarme, y al minuto estaba caminando a internarme. Me hicieron un lavaje de estómago y me salvaron.

Yo no avisé, no di ninguna señal, no dije nada a nadie, simplemente venía atravesando una situación difícil y sumamente dolorosa y perdí el dominio de mí misma por unos segundos. Y no estaba sola. ¿Qué me llevó a tomar semejante decisión? Simplemente una mala combinación de dolor, impotencia, sufrimiento, maltrato y mucho desamor. Me perdí y actué en consecuencia, quise huir de lo que me hacía mal y me torturaba y me olvidé de mi familia y del daño y el dolor que les iba a ocasionar a ellos (que se enteraron de lo ocurrido hace relativamente poco, un par de años).

A partir de mi experiencia personal puedo aportar un par de observaciones que solo son autorreferenciales pero pueden servir para armar un cuadro general:
-yo estaba sufriendo mucho y quise huir, pero enseguida fue más fuerte que todo mi instinto de supervivencia y salí corriendo a salvarme
-sentía mucho dolor, pero no del físico, porque era víctima de abusos psicológicos y de mucha crueldad
-necesitaba que me dieran amor y cariño y contención, pero no los pedía porque me sentía acorralada y tenía mucho miedo y ese miedo me inmovilizaba y me impedía contar lo que me estaba pasando, porque, en mi confusión, sentía como que me merecía todo lo malo que me estaba pasando
-nunca más volví a perder ese dominio de mí misma, aprendí que la vida no siempre es un lecho de rosas y que a veces nos toca lidiar con situaciones que se nos escapan de nuestras manos, pero quedé marcada a fuego: hace un par de años terminé internada unas horas nuevamente solo porque me había asustado y confundido y como me empecé a sentir mal, temí no haber sido consciente y haber cometido nuevamente el mismo desatino de hace años atrás. Por suerte no fue así, solo fue una confusión propia de –otra vez- una situación de inmensa presión que me produjo un pico de stress y me llevó a confundirme.

Y supongo que a esta altura del campeonato –si llegaste hasta aquí seguramente te lo estarás preguntando- más de uno se preguntará que cuernos pasa por la cabeza de esta mina que se sienta a escribir sobre cosas de las que no se habla. Justamente por eso, porque las palabras tienen fuerza, las palabras exorcizan, lo que se calla mata, lo que se habla da vida.

En agosto de 2014 se me diagnosticó cáncer de amígdalas. Como siempre y gracias a mi Doc y mi ángel de la guarda, Carlos Gómez, él mismo repitió la hazaña de hace 13 años atrás: él lo vio, él sacó todo de forma tal que me evitó pasar por segunda vez por rayos y quimio, algo que podía tener consecuencias un poco graves para mi salud. Y esta vez nunca pensé en suicidarme, jamás, salí corriendo con todo el miedo del mundo a curarme y aquí estoy. Nunca más pensé en el suicidio. Claro, ahora hay una diferencia. Estoy sola –y me apoyo en mi familia, que son lo mejor que tengo- y estoy plantada sobre mis dos pies. Y tengo excelentes amigos que desde todos los lugares y de todas las formas posibles se ocuparon de no dejarme sola y apoyarme con su cariño y su presencia. Otro día me extenderé sobre el tema cáncer, ahí hay tela para cortar para rato.

Y si esta mina –yo- se atreve a hablar de cosas que se callan y se esconden, es justamente porque debemos terminar con esa cultura del silencio. Basta de silencios, el silencio es dañino.
Atrevámonos a hablar de lo que no queremos, es una forma de exorcizarlo, vale para el suicidio, para el cáncer, para los temas de salud mental. Vale para todo.
Si hablamos, muchas veces nos vamos a llevar una sorpresa, vamos a encontrar del otro lado amor y comprensión y contención. Y esa es la clave: el amor, en todas y cualquiera de sus expresiones. Quien intenta poner fin a su vida en el fondo es porque no se siente querido.
Cuidémonos.
Querámonos.
No solamente entre los que somos amigos y familia, aprendamos a tener empatía, a ponernos en los zapatos del otro, a entender que el otro puede estar mal y, a veces, con solo una sonrisa o unos minutos de charla, le cambiamos el día. Nunca nos olvidemos cuán importante puede ser perder unos segundos en escucharlo al otro, en parar la locura de la vida cotidiana y permitirnos –valga la paradoja- ser humanos.

1Sergio Brodsky es Psicólogo del servicio de salud mental del hospital Felipe Heras desde hace 17 años, y trabaja en Salud Mental desde hace 20. Los tres años anteriores trabajó en el hospital Colonia de Federal. Lo acompaña en su labor Adrián Kölln, también psicólogo.

Redacción Concordia Directo

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