Confesiones de un hombre silenciado por Norman Robson

Siempre escuché hablar de los hackers, y de que a fulano o mengana los hackearon, pero, en honor a la verdad, nunca creí mucho en eso. Como soy un seco, siempre me creí inmune a esos supuestos piratas del eter digital. Así fue hasta que el pasado 1 de mayo, como el cuento de Julio Cortazar, no me tomaron la casa, sino el celular, y, de un plumazo, me sacaron de la cancha. Así que como en la brujas, yo no creo en hackers, pero que los hay, los hay.

Doy fe, y puedo jurarlo ante la Santa Biblia, si ésta se la aguanta. No sé cómo, ni desde dónde, menos sé por donde. Solo sé que mi celular dejó de ser mío, y el que me lo usurpó, entre otros daños, inhabilitó mis redes, desde las cuales solía compartir mi actividad periodística con mis seguidores.

Según el más caro de los que saben, a quien recurrí mal herido, lo que hizo este violador serial de virginidades tecnológicas fue vulnerar mi intimidad digital, clonando mis dispositivos, logrando que las aplicaciones me desconozcan, y haciendo que, por ello, me inhabiliten.

De acuerdo a lo que me cuentan desde la red oscura, éste hacker talibán al servicio de la intolerancia mediática se aprovechó de mi desprevenida inocencia y plantó bichos negros que, sistemáticamente, reprimen cualquier pretensión mía de acceder a mis aplicaciones por las que llegaba a mis miles de seguidores.

En síntesis, este hijo de una congregación de alacranes carroñeros no me hackeó para robarme. Es más, ni siquiera tocó mis dos aplicaciones financieras. Sabía que soy un seco. Este mercenario intervino mi celular solo para neutralizarme, para impedir que publique lo que tengo para publicar.

Nunca creí que fuera posible, ni siquiera que existieran muñecos que pudieran infiltrarse en algo tan frío como un chip. Tampoco creí nunca ser tan importante. Es más, mi ridícula inocencia llega, o llegó, al punto de no creer que la verdad pudiera ser tan rechazada. Mucho menos ser cercenada.

“Ladran Sancho”, dicen los que repiten lo que Cervantes no dijo, pero, sin dudas, tienen razón. He llamado la atención de los malos, los hice ladrar. Éstos hicieron lo mejor que saben hacer cuando no pueden comprar voluntades: reprimir, y en ello no escatimaron ni recursos, ni escrúpulos.

Hoy, sumergido en la fría oscuridad de la reprimido, de lo silenciado, de lo apagado, sigo vivo, latiendo, en modo off, y solo espero. Sé que pronto saldré, volveré, como prometió Evita, y seré millones.

Por último, solo me queda jurar por mi sagrada historia que haré realidad aquella amenaza repetida noche tras noche por Alejandro Dolina: La venganza será terrible.

Norman Robson
Periodista y colaborador
Gualeguay E.Ríos

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