
No es una sensación. No es una exageración.Es un dato duro…
En Argentina, desde 2020 hasta hoy, la natalidad cayó de forma sostenida y profunda. En 2024 nacieron poco más de 413 mil chicos, cuando diez años antes eran cerca de 777 mil. Es decir: casi la mitad. Y nadie parece realmente sorprendido.
Yo no creo que esto tenga una sola explicación. Creo que es el resultado de muchas cosas que venimos acumulando hace años.
Primero, la economía. Seamos honestos. Tener un hijo hoy es carísimo. No hablo de lujos: hablo de comer, vestirse, alquilar, educar. La incertidumbre laboral, la inflación y la falta de horizonte hacen que muchos digan algo muy simple: “no puedo”. No es ideología. Es supervivencia.
Después están los cambios culturales. Las mujeres —con razón— dejaron de aceptar que la maternidad sea una obligación. El feminismo, en sus distintas expresiones, puso sobre la mesa algo clave: ser madre es una elección, no un mandato. Y muchas eligen no serlo, o postergarlo. No porque odien a los hijos, sino porque quieren vivir, crecer, trabajar, decidir.
También están las nuevas identidades, las nuevas formas de pareja, las nuevas maneras de vincularse. Todo eso amplió el mapa, pero también lo volvió más inestable. Formar una familia tradicional ya no es el camino automático. Y eso impacta directamente en los nacimientos.
Los millennials son un capítulo aparte. Es una generación criada entre crisis, frustraciones y promesas incumplidas. Muchos piensan: ¿para qué traer un hijo a este mundo? No es cinismo. Es miedo. Es cansancio. Es una lectura del contexto.
Sumemos a eso la mala alimentación, el estrés permanente, los problemas de salud mental, la sensación de que el futuro es cada vez más cuesta arriba. Nadie tiene ganas de sumar responsabilidades cuando siente que apenas puede sostenerse a sí mismo.
¿El machismo? También está en revisión. Los roles cambiaron, los hombres ya no ocupan el mismo lugar, ni saben bien cuál ocupar. No hablo de orientación sexual —eso es otra discusión— sino de vínculos, compromiso, proyecto común. Todo está en redefinición.
Y mientras tanto, la política mira para otro lado. No hay políticas serias para fomentar la natalidad, ni debates profundos sobre qué país estamos construyendo. Se cierran jardines, sobran salas vacías, envejece la población. Pero el tema no entra en agenda.
La caída de la natalidad no es una moda. No es culpa de un colectivo en particular. Es el resultado lógico de vivir en un país donde planificar a largo plazo se volvió un acto de fe.
La pregunta no es por qué nacen menos chicos.
La verdadera pregunta es: ¿qué país les estamos ofreciendo para que quieran nacer?
Maximiliano Peisojovich
